Ley

Soñé que salía a la calle a protestar porque no podía protestar. Muchos caminaban a mi lado. La Luna nos alumbraba en una larga avenida. De pronto, nos caían encima unas sombras. Aunque eran de humo vano, nos reventaban labios, narices, pómulos. Estaban autorizadas por la Ley Oscura.

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Más lejos

Hablo en la lengua de los sueños, que hoy profiere pesadillas. Tengo a un hijo en brazos. Senderos, palabras que no entiendes. Y tus palabras, que no entiendo. Me ves en las pantallas: “en vivo”.  Yo digo que “en muerto” porque tú y yo estamos lejos. Atiende ahora los signos bajo la imagen. Las palabras en ese espejo de distancias. Sabrás que del hogar nos echaron unos hombres de la noche. Armados con la sombra. Teníamos pollos, gallina, algún puerco. Ahora, la montaña, el frío, las lonas. ¿En Francia? ¿En Siria? Más lejos: en Chenalhó, en Chalchihuitán.

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En blanco

En la Antártida: bancos de hielo, blancos hielos, blanco sobre blanco. Pinto este cuadro en albayalde: blanco de plomo que produce saturnismo. Paisaje en la Tierra de Adelaida, hielos rezagados, banquisa errónea. Pygoscelis adeliae, pingüinos de Adélie. Las hembras ponen uno o dos huevos. Se turnan con los machos para conseguir el alimento. No lo hallan porque hay demasiado hielo. Pinto, con el pincel empapado en blanco tóxico, el hambre blanca. Mueren miles de crías. Sobreviven dos. Pero yo solo puedo pintar el blanco hielo.

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Grietas

Todo se agita en esta torre de naipes. En esta torre huesos. 19 de septiembre. Tlatelolco. A unos metros, se derrumba un edificio. Oímos el grito colectivo. Vemos, por la ventana, un muro de polvo. ¿Otra vez tengo dieciséis años? ¿Acaso corro por la escalera? ¿Logro bajar al estacionamiento de un edificio futuro, que aún no existe, en Coyoacán, tan lejos? No se daña. Aquí cerca no hay grito, no hay polvo. Pero sé que las grandes grietas cruzan mi propia columna. La carne de mi ciudad, otra vez herida. De algún modo perverso, regreso a Tlatelolco.

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Victoria vuela

Victoria —ángel de oro, mujer dorada— contempla la avenida. Le pesa ser estatua. De pronto, sus alas se sacuden. Cobran vida. Luces extrañas surcan el oscuro cielo. Victoria vuela. (Allá, lejos, informan que ha temblado.)

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La foto

Por las mañanas, en su estudio en Río de Janeiro, Eduardo Martins revisaba en la Web las fotos de la guerra en Siria. Tomaba su café con leche mientras escogía alguna, la modificaba, le añadía su propio rostro. Comía su pan a la plancha mientras vendía la foto a las agencias. Quizá, después del desayuno, quedaba convencido de que era un héroe: un fotógrafo en Aleppo.

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Socavón

Vimos cómo se abría un socavón en el cruce de las calles de Colón y Humboldt. Del ingente agujero comenzó a salir el agua a borbotones. No se detuvo hasta alcanzar el Paseo de la Reforma. De ahí, el líquido se derramó, serpiente, hacia la iglesia de San Hipólito olvidado. Era el mes de agosto. La rediviva laguna reflejaba las nubes memoriosas.

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La pesca

Un pequeño mar creó en una casa de Houston el huracán Harvey. Cuando el dueño atrapó un pez en su propia sala, la esposa se inundó de extraña felicidad.

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Laberintos

Espiaba un espejo en mi habitación. Creí ver adentro un gran ciego —un vidente— extraviado en el laberinto de sus libros.

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Nochixtlán

Una boca, como de jaguar, gime. Y la neblina se tiñe de grana por los seres preciosos que mataron hoy.

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