Lee aquí una selección de mis poemas.

trayectorias (2020)

Lee en línea o descarga esta plaquette de poesía.

Iliana Rodríguez, Trayectorias (Sor Juana Inés De la Cruz), Morelia, Letra Franca Ediciones, 2020.

De Trace / Traza (2017):

Edición bilingüe inglés-español. Lee un fragmento gratuito en Amazon (haz clic en la imagen para comenzar).

Iliana Rodríguez, Trace / Traza, bilingual edition, New York, Darklight Publishing, 2017.

De Lapidario (2013):

Iliana Rodríguez, Lapidario, México, Fósforo-Secretaría de Educación Pública-Instituto Nacional de Bellas Artes-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2013.


Conjuro mineral

Turmalina, ayúdame.
Cristal de sueños,
ilumíname.
Gema de miradas,inspírame.
Joyel de esplendores, alúmbrame.
Alhaja de vislumbres, auxíliame.
No me desampares,
piedra de murmullos, arca de palabras, viso de majestad, reliquia de estrellas, aderezo de luces, torre de verdades, faro de poetas.
Guíame en el silencio, en la noche opaca.
Dame una señal de tus entrañas rumorosas.


[…] el ÁGATA-OJO o ALEPO como un ojo humano. En su talla se aprovechaba la apariencia de esta gema, cuyas capas semejan iris y pupilas. Era usada para formar los ojos de los antiguos dioses. […]


Los ojos de Ishtar

Un ojo está pensado para ver.
El alma está aquí para su propio goce.
Rumi

Un ojo está pensado para ver.
El alma está aquí para su propio goce.
Rumi

En la Ciudad más Antigua del Mundo,
Ishtar observa
a una turista musulmana:
tras el burka, ella también la escudriña.

Ishtar, de piedra,
mira como si fuera de carne
con sus ojos de ágata.
Benazir, de carne,
mira impertérrita como una piedra.

—Sueña, Primogénita de la Luna,
Hieródula del cielo,
La que abre el vientre.
Oh, sueña conmigo, Tormenta de fuertes truenos,
Estrella matutina y vespertina.
Desde el fondo de las eras, Jueza justa,
sueña que amparas mis designios.

Así decía, sin voz, una mujer bajo su burka
en un inerte mediodía en Alepo.

Con el móvil tomó una foto de la diosa
y luego se dejó llevar.


[…] pues dice el Apocalipsis (2:17): “y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nuevo nombre escrito, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.” Según algunos escoliastas, se hace referencia a un CUARZO. […]


El nombre en el cristal

Se comerán mi corazón.
Los gusanos comerán mis ojos.
Sea, pues, sepultada con un cristal de roca
donde los dioses lean
mi secreto nombre.
El nombre que llevaré, descarnada,
para que me llames en la eternidad.


[…] Hildegard aseguraba que la voz de un TOPACIO Bastaba para leer las oraciones en una capilla oscura. […]


Los ojos y la noche

No en la Biblioteca de Babel
sino en la vieja Biblioteca Nacional
—Calle México, Buenos Aires, Argentina—,
invidente y visionario,
por los pasillos deambulaba.

Que los ojos ciegos sean topacios:
se derrame la luz de los adentros.


[…] Los antiguos egipcios también usaron la TURQUESA para labrar escarabeos, los cuales representaban la vida eterna y la constante transformación. […]


Seré eterna como la estrella que no muere

Nadie sabe lo que Hatshepsut sintió
cuando terminaron de levantar sus obeliscos
en Karnak.
Un rostro para el tiempo quiso la hija de Amón.
Se travistió con nemes, ureus, cayado, flagelo,
barba falsa:
atributos de Faraón para una
que no se conformó con ser la reina.
Después de su muerte, Tutmosis III
mandó borrar su rostro
de esfinges, obeliscos, inscripciones, monumentos.
Pero las piedras mutiladas hablan.
El espíritu de Ra es justo.
(Un escarabeo de turquesa
protege el corazón de Hatshepsut.)


De Embosque (2013):

Iliana Rodríguez, Embosque, México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2013.


Otro vidente

Los vapores de la noche
han cubierto con piedad mis ojos.
Veo el concierto de los astros,
la luna en esplendores,
los volcanes y este valle.
Y la urbe entre las sombras
y en la urbe, un laberinto,
y en éste, sus reductos:
ese patio que espera con gardenias
y una alcoba, además, en su momento.
Y en la alcoba veo un espejo,
y en el espejo, una figura:
la magnificencia y la miseria,
monstruo en la mitad del laberinto.
Llora el monstruo porque sabe
que es la rosa y es el polvo.

—Antes estuve en las tinieblas;
ahora
claramente veo.


La casa de los seres

En la casa de los seres
no hay portones:
sólo largos pasadizos como anhelos,
sólo mustios aposentos de la espera.
Un rincón para asentar despojos,
una pared en que atisbar designios.
Moramos tras estos grandes ventanales
que proponen sus praderas.
Codiciamos la salida
sin saber si fuera es otra casa
con los mismos ventanales.


Acechamos:
nos quedamos acechando.


Embosque

A Rosario Covarrubias.

De lo oscuro
las raíces.
A lo oscuro
los follajes.
Todo ciervo mora en bosques:
todo bosque lanza sombras:
toda sombra transverbera:
ay, sombras sagitarias,
este ciervo
por el bosque.
Como herido de las cifras.
En la senda de los vientos.


Lagartos

En el reino de las sombras, los lagartos crecen.
Desde las grietas quieren señorear la angustia.
Vigilan.
Saben esperar como las piedras.
Vienen de lo más recóndito del hombre.
Salen del pecho del durmiente.
Le insuflan sus visiones.
Ahogados con su peso, nos entregamos al delirio.
En este reino de lagartos, nuestra sombra crece.


Nocturno para hablar en sueños

Esta noche preñada por los signos,
en sueños he de hablarte.
En sueños te hablaré de esta locura, corona de estrellas castas
en las negras sienes del sensato.
He de hablarte de esperanza, manantial de leche y miel, nutricio
en la sed del mustio valle.
Y hablaré también de luces, inaccesibles en la cueva de las sombras.
Hablaré de la oquedad presente. Del pasado, te hablaré, fantasma
en la pantalla de mi anhelo. Y del futuro como nunca jamás que para siempre
se posterga, inalcanzable en su inminencia.
Del caos que amenaza a todo cosmos.
Del cordero que nos mira. De los lobos en acecho.
O del nítido fulgor de las espumas en su lucha perpetua con las rocas.
De arenas, sin número, en legiones.
Del corazón irredento de los mares
y los bosques que devoran ciegas urbes y los cielos que persiguen vanas torres.
Del hidrógeno, además, violento.
De un imposible ser absurdo: idéntico, en el otro, de sí mismo.
Y del antiguo sinsabor de las especies.
Podría hasta hablarte del camello, un delirio más azul de los desiertos.
Del águila vidente y de los hombres, en la celda de sus huesos, pesarosos.
Puedo hablarte de un atisbo.
Y puedo hablarte de temores.
De los oscuros corceles en mi sangre,
de mi sangre estancada en la vigilia.



De Efigie de fuego (2003):

Iliana Rodríguez, Efigie de fuego, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003.


Deleite

Quiero decir la alta soledad del árbol,
sus pájaros de sombra,
el clamor de su follaje.
Quiero decir la sinfonía
de la lluvia majestuosa,
el aire herido
por una libertad de luces.
Quiero decir el aroma de la tierra,
el eco de los cielos.
El segundo de deleite
que me obsequia el infinito.


Réquiem

Ay de la luna escarlata
y del cielo azul cobalto.
De la manzana en incendio,
de la copa en resplandores.
Por los cielos y manzanas,
por las lunas y las copas
llorad, porque están en sombras.
Sus matices se deslíen
en un mar de blanco y negro:
llorad porque no me acuerdo.

Ay de los frutos que estallan
en el viento sin rumores,
de los céspedes que ondean
sin frescura y sin fragancia.
Por sabores y sonidos,
por perfumes y texturas
llorad, porque no perduran.
Al tratar de revivirlas
se consumen mis memorias,
llorad porque ya se agotan.

En las tinieblas me mira
un semblante sin facciones.
¿Es tu rostro o es mi rostro?
¿Remembranzas o deseos?
La nostalgia nuestros rasgos
con su máscara suplanta,
llorad porque nos descarna.

Mis recuerdos imagino,
rememoro sólo sueños,
llorad porque son remedos.


Efigie de fuego

¿Quién abrirá las puertas de su rostro?

Job 41:14

Por el alto rumor de los follajes,
por la caricia grave del perfume,
por el glacial aroma del espejo,
por el matiz amargo de los vinos,
por el fragante gusto de las flores,
por un latido que galopa en llamas
las espesas veredas de la sangre,
te invoco. Ven, humo, fantasma, sombra.
Acude al pozo de garganta verde
que pregona frescuras con vapores;
acude a los roperos que imaginan
a las aves en nidos barnizados;
acude a los cristales que pelean
por romper su quietud a libres olas.

No sé cómo llamarte… Si te llamo
ébano anochece; si ángel impides
con espada de ámbar cualquier retorno.
Si supiera tu verdadero nombre
sería como desnudar de vidrios
el reflejo, como en perla sería
congelar el oriente de los astros.
No sé cómo llamarte, angustia pura,
pura agonía de aire que se asfixia
en las entrañas mismas del diamante,
prisa del mar por salir de la celda
de obsesivo marfil que lo aprisiona,
carrera de ladrillos en muralla,
efigie de fuego, en la danza, inmóvil.

Crepitas, incendias el horizonte:
una luz se me desgrana, un murmullo
se me ahonda, torrentes se desatan,
con esencias se me anega la voz.
Permanece junto a mí en este instante
eterno de segundos que se enlazan
como anillos de sal sobre la arena;
permanece junto a mí en este abrazo
de raíces que ascienden por los cielos
en una escala helicoidal de savia
coronada de cúmulos floridos.
Libera el ansia mineral de grutas,
libera la tensión de los volcanes.
Permanece conmigo en esta tierra.


Que fugaz es la unión como un eclipse:
se desangra tu melena de lumbre
en ofrenda a mi gesto de obsidiana,
alrededor estallan los luceros,
en trinos suenan salmos, el ambiente
se cimbra en un temblor de negro y rojo.
Después las nubes buscan tu figura…
Después te añoran tanto las turquesas…
Si tan sólo pudiera para siempre
portar tu aliento en un níveo rostro.
¿Crecerá tu olvido en mi faz menguante,
menguará tu olvido en mi faz creciente?
¿Se trozará en relámpagos aciagos
esta vocación de azogue triforme?


Pues veo en el abismo de tus ojos
las esquirlas heroicas de los soles
romperse en los cantiles de la nada;
miro en ardores consumirse estrellas
como cirios que velan por su muerte,
torbellinos gigantes de galaxias
girar enamorados de su ciclo,
el retorno virtual de los cometas.
Miro mis propios ojos que me miran
en asombro concéntrico de círculos
que nacen de un guijarro de certeza.
Miro el profundo aljibe de los sueños.
Pero tú no eres tú, sino la imagen
mentida de un atesorado cosmos.


Eres humo serpiente que se enrosca
en los troncos ocultos del anhelo,
eres fantasma que vitral se finge
en catedrales de nocturno nácar,
eres la sombra que camina un paso
adelante de tántalos insomnes.
Una efigie de fuego cuyas caras
se suceden por vértigo en las otras,
esculpen su silueta incomprensible,
única en una, a fuerza de ser todas.
Brújula, tea, mapa, meridiano,
arca, columna, torre, faro, umbral,
bruma, espejismo, mareo, neblina,
temor, desmayo, rúbrica en el río.


Esta guerra constante me fatiga,
este límite anfibio de penumbra,
este indeciso fénix claroscuro,
este gozne infinito del crepúsculo.
En el minuto sordo que gotea
sin horadar jamás la edad perpetua
batallo contigo, te busco a gritos,
te olvido tal vez o tal vez te niego.
Permíteme observarte frente a frente,
conocerte con piel de salamandra,
alumbrar mis retinas sin ceguera.
Revélame, para salir, el nombre
que me guíe por este laberinto,
regálame ese fruto sin destierro.

Que mi arcilla se anime con tu soplo,
que mis venas palpiten con tu ritmo,
que mis huesos intenten tu estatura,
que mi boca se inflame con tu verbo.
Que todo el viento, que la noche toda
develen tu cifrada cercanía,
que mis exhaustos ídolos derrumbes,
que mis palmas no sufran por tus clavos.
Se agosta el tiempo, la nostalgia crece:
aún luchamos al rayar el alba
ante las puertas blancas del silencio.
Más allá del gemido de este polvo,
más allá del clamor de esta ceniza
se levanta el enigma de tu efigie…


Elegía

Quiero llorar con un llanto de palabras
por las lunas que incendiaron tus caminos,
por las olas que en tu cuerpo se rompieron,
por los sueños que en las sábanas vertiste,
por los rostros que dejaste en tus retratos.
Por la nube
que su forma desconoce,
por el hielo
que se olvida de esculturas,
por el río que en su marcha
nunca llega.
Quiero llorar por aquellos que no nacen
—la legión en la condena del exilio—,
por los ecos
con nostalgia de sus voces,
por los muros
con nostalgia de sus sombras.
Quiero llorar por sus viudos y sus viudas
que en el parque aguardarán sin esperanza.
Por el vértigo de arena en los relojes.
Por mi inútil alegato contra el viento.


Poética

Si has de vencerme, he de luchar contigo.
Te asediaré la noche entera.
Hasta rayar el alba
lucharemos.
Quisiera pronunciarte:
el Ángel sin un Nombre.
Allí donde te ocultas:
en el verbo lucharemos.
La Flama de los Rostros:
tendrás que bendecirme.
He visto —sin sangrar— tus luces negras.


De Claroscuro (1995):


Iliana Rodríguez, Claroscuro, México, Mixcóatl, 1995.


Leyenda

A mi madre.

Las estrellas parecen artificios de alquimia:
ésta es la noche más clara del milenio.
Por hoy los muros fosforescen,
simulan vitrales inmóviles fantasmas,
existe una palabra oculta
bajo cada adoquín de la ciudad.
El espejo se finge piélago de plata
en un mar de corrientes siderales
y flota la luna, azul pez,
presa de una esfera cristalina.
Ésta es una leyenda de magia:
la noche avanza en espiral de luz.


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