Gabriela Valenzuela Navarrete

  • Reseña de: Iliana Rodríguez, Embosque, México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2013.

A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!

Es tan amarga casi cual la muerte;
mas por tratar del bien que allí encontré,
de otras cosas diré que me ocurrieron.

Seguramente algunos de ustedes reconocieron esta descripción de uno de los bosques más famosos de la literatura mundial, que es el de La Divina Comedia, de Dante Aligheri, y opté por traerlo a cuenta aquí después de una conversación que tuvimos ayer Iliana y yo mientras compartíamos la comida…

Ayer hablábamos sobre cómo toda la literatura en sí misma es una gran cadena intertextual, cómo escribimos porque hemos leído antes a otros autores, y cómo, en cierta medida, lo que hacemos es “continuar” la obra de otros autores en nuestras propias letras. Como autor, a veces uno es consciente de esas continuaciones y puede hacer un ejercicio más o menos evidente de imitación, parodia u homenaje; sin embargo, el encadenamiento más productivo y más sorprendente es, sin duda, el que se genera en el lector, que es, a final de cuentas, el objetivo último de cualquier escritor.

00Embosque

 A mí me tocó presenciar el nacimiento de este poemario desde los días difíciles que antecedieron a su creación y su transformación de manuscrito a libro en sí. Y debo reconocer públicamente que me siento honrada en estar aquí hoy con ustedes para presentar el libro de Iliana.

Iliana se sirve de la imagen del bosque como un universo completo para dar paso a la expresión de vivencias personales, sentimientos contrastados y reflexiones íntimas sobre las emociones que despiertan los elementos constitutivos de un bosque. Aquí es a donde vienen a cuento tanto la anécdota de nuestra plática de ayer como las estrofas de Dante con las que abrí esta presentación: poemas a los bosques hay muchos, tantos seguramente como referencias literarias a lo mismo, empezando por el bosque de la Caperucita y de los demás cuentos de hadas. Sin embargo, sabemos que una obra literaria aumenta en valor en tanto ofrece más posibilidades de interpretación, y Embosque es, precisamente, una de esas obras con múltiples interpretaciones.

Son muchos los símbolos que pueblan las páginas de Iliana; el primero y más poderoso es, sin duda, el bosque mismo: representación del inconsciente según Jung, santuario sagrado de los budistas, lugar de misterios y peligros según la tradición medieval. No obstante, el bosque de Iliana corresponde más a la idea de Dante de un lugar en el que se lleva a cabo el rito de paso más importante del hombre, su transformación de niño a adulto, y, si no, sólo tenemos que leer el poema “Al alba”:

Algarabía de las aves en las frondas.
Voces al revuelo: raudas, copiosas, cristalinas.
Sus torrentes
borraron la impresión de las arenas.
¿Caminaba tras mi sombra en un camino?
¿Subía por la escala al encuentro de unos ecos?
¿Sentía en sueños los corceles
o mis bosques como ciervos derramados?

Abrió la algarabía
un limpio transversal en mi ventana.
Por un bosque huye la sombra,
los corceles se dispersan como un eco.

Pero decía yo que la literatura no se crea de la nada, sino que siempre es continuación de la tradición iniciada por los maestros. El bosque y sus criaturas de Iliana nos recuerdan, sin duda, por ejemplo, a la Cierva de Héctor Carreto, que representa a la inasible y utópica Poesía, pero también a “La venadita” de José Revueltas, aquella criatura cuyos ojos recuerdan al mundo completo en su esplendor, y en ese cuento hay también un lagarto como mudo testigo del crimen que se va a cometer al matar a la madre que cuida a su cervatillo. Al igual que el “viejísimo saurio muerto, (que) con la cabeza llena de piedras era del todo indiferente”, del cuento de Revueltas, pero que aún así “recordaba edades que no volverían más”, es uno de los mismos lagartos que Iliana retrata como vigías cautelosos, símbolos de la sabiduría y de la adaptabilidad.

Lagartos

En el reino de las sombras, los lagartos crecen.
Desde las grietas quieren señorear la angustia.
Vigilan.
Saben esperar como las piedras.

Vienen de lo más recóndito del hombre.
Salen del pecho del durmiente.
Le insuflan sus visiones.

Ahogados con su peso, nos entregamos al delirio.
En este reino de lagartos, nuestra sombra crece.

No quisiera terminar mi intervención sin detenerme más en la figura del ciervo, que aparece a menudo entre las ramas de este bosque metafórico que es el libro que presentamos. Destaco, en primer lugar, el epígrafe de León Felipe: “¿Nunca le ha mirado a usted un ciervo? ¿No ha visto usted nunca los ojos inocentes, cargados con todas las promesas de los cuentos?”

La imagen de un ciervo mirándonos (sobre todo sí se trata de una hembra, en cuya cabeza desprovista sobresalen sólo las orejas suaves) siempre nos trae la sensación de contemplar la inocencia de un animal noble (o que alce la mano quien no lloró al ver a Bambi junto al cadáver de su madre). Y esta nobleza nos transporta, qué duda cabe, al significado simbólico de este mamífero rumiante, el que asocia sus astas enormes con los árboles de la vida, haciéndolo por lo tanto símbolo de la fecundidad, la renovación y hasta la inmortalidad: el ciervo es también el símbolo de Cristo, que aúna sobre sí concepciones de resurrección, pureza y bondad.

La travesía de Dante culmina hasta que ha visto los castigos más atroces en el infierno y ha saldado sus deudas en el purgatorio. De hecho, el mismo Dante llamó “Comedia” a su obra porque tenía un final feliz que se oponía radicalmente al trágico de los modelos griegos. Embosque es, asimismo, un viaje con un final feliz, un amanecer, un “Al alba”, del poema que les leí antes, que llega después de la noche oscura en el bosque, que junto con sus elementos, sirve como pretexto para explorar la naturaleza humana, que es el objetivo último de la poesía.

*

gaby
Gabriela Valenzuela Navarrete

Gabriela Valenzuela Navarrete ha publicado los libros Las corridas de toros, ¿fiesta de nobles o de plebeyos? y Ernest Hemingway, primera figura del toreo escrito. Es coeditora de la antología virtual Cinco décadas de cuento mexicano, junto con Héctor Perea y Stefano Tedeschi. Ha sido merecedora de la primera mención honorífica del I Concurso de Ficción Súbita Sofía Platín 2002 y de una mención honorífica en el Premio DEMAC 2001-2002 para Mujeres Mexicanas que se Atreven a Contar su Historia.

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