Roxana Elvridge-Thomas

  • Iliana Rodríguez, Efigie de fuego, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003 (Piedra de Fundación).
Adentrarse en Efigie de fuego, de Iliana Rodríguez, editado por el Instituto Mexiquense de Cultura en su colección Piedra de Fundación, es entrar en un espacio imantado por el carácter sacro, luminoso, fundacional de la poesía. Se trata de un libro nocturno, íntimamente femenino, como los esbats medievales, donde las mujeres, sacerdotisas de la luna, cantaban a su señora pidiendo por la regeneración de la naturaleza, por la inalterabilidad de los ciclos, por los que se fueron, por los que regresan, por el amor.
Encontramos a Iliana, la autora, transformada en una de esas sacerdotisas de la luna, conjurando, invocando, aplacando, atrayendo, descubriendo misterios que vierte en plegarias, letanías, elegías plenas de ritmo, conducentes, sugerentes. Sabe perfectamente que el ritmo nos lleva a un estado de expectación especial, nos prepara para recibir, nos transforma en los receptores y en los emisores perfectos, nos hace, también, ritmo, dirección, sentido. Se transforma entonces ella misma en hechicera, hierofante, pitonisa, que por medio de la palabra dicha, se trasciende y trasciende el alma de quienes, arrobados, presenciamos su creación. Creación inspirada, en todos los sentidos de la palabra, ritmo de la inspiración de la palabra, ritmo de la palabra vibrando en su cuerpo y trocándolo, ritmo de la palabra entre los labios, ritmo del verso, que trasciende toda frontera para insertarse en la inteligencia, la voluntad y los sentimientos, esto es, en el alma del receptor, en ese momento, también, por gracia del ritmo, ser trascendido e inspirado.
Iliana Rodríguez conoce perfectamente su tradición poética y se inserta en ella de manera muy efectiva, utilizando lo mejor de ella para crear su propio mundo poético, transformando y actualizando esa tradición. Así, encontramos ecos de la poesía popular castellana de los siglos XIV y XV, lo delicioso de las jarchas: esa sal ámbar y azúcar que pedía Maccadam de Cabra a quienes quisieran seguir sus huellas, la sensualidad y belleza de las canciones de Gil Vicente. Iliana entabla también un diálogo con la Generación del 27, en especial con Rafael Alberti y Federico García Lorca en el ámbito de la búsqueda dentro del octosílabo y la tradición popular. Pero también traba relación con Paul Valéry, Juan Ramón Jiménez y Jorge Guillén en los terrenos de la poesía pura.
Uno de los puntos más atrayentes de este libro es precisamente la intertextualidad, el traer hacia los lectores mitos, referencias, autores y darles la vuelta hacia el universo poético de la autora, quien denota un mundo propio vastísimo, que redunda en la construcción de una voz propia e inconfundible. Esta voz es dura, clara, íntima, transparente, como el diamante y como tal, hiriente y bella, dotada de incontables facetas.
A lo largo del poemario las imágenes crean atmósferas sorprendentes, unas veces densas, otras ligeras y cristalinas. Su poder de sinestesia realmente apela a todos los sentidos, los reta y entusiasma.
Una de sus búsquedas se centra en lo luminoso. Encontramos en estos poemas cristales, cielos, destellos, espejos, ventanas. Las palabras mismas son ojos por donde se cuela la luz y los poemas juegos de miradas que se entrecruzan, se seducen, se enamoran. Así, el agua, los espejos, los amantes, los ojos, las palabras son seres vivos, que respiran claridad, luminosos ellos mismos, dotados sobre todo de voz y mirada, ambas con poderes transmutatorios.
Encontramos estructuras perfectamente concebidas y construidas en cada poema, y en el poemario en general, que está pensado, concebido y construido como libro, con lo cual el lector va transcurriendo por él como lo haría entre una y otra zona de un bosque, enriqueciendo las primeras impresiones, profundizando en otras, iluminando algún rincón antes inadvertido.
Es, además, un ejercicio innovador al tratar de manera tan acertada temas y fórmulas creativas ya antes utilizados, trayéndolos a la sensibilidad contemporánea y a su propio mundo poético, desembocando en un discurso amoroso original y cimentado, profundo, innovador e íntimo, que logra, en verdad, transformar al lector y transportarlo a ese espacio imantado por el carácter sacro, luminoso, fundacional de la buena poesía.
(Publicado en: Castálida, México, Instituto Mexiquense de Cultura, primavera de 2004, nueva época, año 10, núm. 24, pp. 103-104.)