Saramago o la consistencia de los sueños

Ciudad de México, 30 de septiembre de 2011, 9:30 hrs. Después de una temporada en el infierno, vuelvo a las andadas. Nada de Rimbaud, sino la muerte de una persona después de una lucha de cinco años contra el cáncer. Nada de Rimbaud, sino la pequeña, acaso intrascendente muerte de mi gato (“proceso neoplásico de melanocitos con alto grado de malignidad”). Nada de poesía y todo cancrum. Un ininteligible cangrejo blanco que borra la tinta. Silencio.

Ahora bien, son las 9:30 de la mañana —mañana perfecta para retomar la palabra— en el Centro Histórico. Trato de… ¿curarme?… con una caminata. A esta hora, el Centro aún dormita. No quiere levantar sus párpados metálicos. El Zócalo vacío (hoy no hay plantón). Un baño público sin lavabo, pero con gel sanitizante. Los vendedores-chamanes. Las obras en el Templo Mayor. Una calle bloqueada. Un rodeo. El Pasaje Catedral sin movimiento y, al fin, la calle Justo Sierra. Y el Antiguo Colegio de San Ildefonso que no abre sus puertas hasta las diez.
Será una oportunidad para vagar un poco, ver las librerías de Donceles, tomar un café, entrar a mi amada Librería Porrúa. Me decido por la Porrúa y, tras caminata al interior de la tienda remozada, encuentro una barra, un librero y un no por respuesta: se agotó la Poesía completa, no hay ese libro de Saramago. Debí haberlo comprado en 2005, cuando empezó a circular en México.
Quisiera caminar, pero por un momento prefiero el sendero interior. Me instalo en el Café del Centro, en la calle de Donceles. Un lugar modesto, pero suficiente para tomar café capuchino. Algunos se reconfortan con el tabaco; otros, con el alcohol. A mí me reconforta el buen café.

A las diez en punto de la mañana estoy a las puertas de la que fuera la Escuela Nacional Preparatoria. Hay ya un grupo de muchachas y muchachos que esperan entrar. Me doy prisa para ver la exposición a mis anchas: José Saramago, la consistencia de los sueños. Hay que subir las escaleras y me detengo un poco para mirar cómo restauran los murales de Orozco.

Programa de actividades.
La caminata en el interior de San Ildefonso promete. Al principio me advierten que puedo tomar fotografías sin flash, y voy a hacerlo. Lástima que no traje cámara, que serán de celular. Me topo con manuscritos, mecanoscritos, galeras, libros, fotos, e-mails. Resulta fascinante constatar el avance de la tecnología en el trabajo de un escritor de nuestros tiempos. La máquina de escribir mecánica deja su lugar a la máquina eléctrica, y ésta, a la computadora (así le decimos en México al ordenador). El fax cede ante el correo electrónico. Los manuscritos, por su parte, sobreviven.
Ampliamente conocido como novelista, Saramago también fue dramaturgo y poeta. Se agradece la presencia en esta exposición de un conjunto de poemas inéditos suyos. Son poemas que parecen directos, literales, sencillos. Pero —se sabe— una de las mayores dificultades, en poesía, consiste en lograr la sencillez. Y Saramago, José de Sousa, Zezinho, alcanza una sencillez metafórica, rica, rotunda. Habla, según me permitió entender mi balbuceante portugués, de los temas que le fueron caros: la humanidad, la justicia, los desprotegidos… y Pilar (del Río), su segunda y definitiva esposa.
Poema a Pilar del Río.

Me gustan las piezas computacionales que se integran a esta exposición. Entro a una sala oscura en la cual se proyectan, en las diferentes paredes, palabras claras (de Saramago). Esta pieza debe su presencia poética a su creador, Charles Sandison. Por su parte, la exposición se debió a la generosidad de la Fundación César Manrique, y, en particular, al comisario: Fernando Gómez Aguilera.

Pieza de Charles Sandison.
En mi andanza por estas salas de San Ildefonso, tengo el placer de contemplar la medalla original del Premio Nobel de Saramago, así como una recreación de su estudio (máquina de escribir incluida). También resúmenes de sus obras (novelas, obras de teatro, poemas y otras), que generosamente informan a quien no las ha leído.
El estudio de Saramago.

Es como caminar dentro de un sueño. El sueño de la justicia, el sueño de la igualdad (lo saben los numerosos lectores de Ensayo sobre la ceguera y El Evangelio según Jesucristo). Quizá la lucha por la justicia parezca quijotesca, desfasada, démodée. En el absurdo mundo posmoderno, ¿quién querrá preocuparse por los demás? La ceguera blanca se extiende por doquier, y vuelvo a pensar en el cangrejo. Y sin embargo: las palabras. Las palabras que tienden un puente entre las soledades. Las palabras que nos hacen comunidad.

Leo en la difícil caligrafía de Saramago que todos somos importantes. Que la sinrazón es locura. Que hay esperanza. O que hay que buscarla. Entonces vuelvo a la imagen de mi gato, echado (para siempre en mi memoria) en su silla del jardín. Y contemplo mentalmente la fotografía de aquella persona amada cuando no sabía del cáncer: con el sombrero, sonriente, en eterno día feliz entre las mariposas.Se lo debo a Saramago. Me hizo acariciar los sueños. Sí.

© 2011, Iliana Rodríguez.